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Desde el otro lado

Enviado por Daniela el 04/05/2010 a las 16:52
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-Cierra los ojos y descansa– le murmuró Thiago dándole un beso. La piel de Elena lucía un tono azulado por el reflejo de la luna, su mirada se escondió tras los párpados y lanzó un último suspiro antes de entregarse al descanso, apretando la mano de su amado como agradeciéndole aquél momento.

Thiago salió de la habitación confundido y sumido en una reflexión profunda. Comenzó a caminar sin rumbo alguno, acelerando el ritmo sin darse cuenta, como queriendo escapar de la angustia de no poder verla nunca más. –Un milagro necesito- se decía a cada paso, como si fuera un mantra. Y luego se retractaba -los milagros, já...alimento de incrédulos-. La sensación era tan apabullante que su rostro se endurecía, empecinado, esperando ser devorado por la tierra ante la incertidumbre de una pronta recuperación que pusiera fin a la melancolía que le inundaba el alma.

El camino parecía oscurecerse y la perturbación iba en crecida. Respiró muy hondo por tres veces. Cada inhalación llevaba el impulso de convertirse en alimento para Elena. La quería de vuelta. No habían estrellas y ya el andar era un mecanismo que evitaba su entrega al derrotismo. La muerte lo abrazaba y el frío repentino le trajo recuerdos familiares en secuencias fotográficas, a una velocidad inusitada. De pronto divisó una luz que casi lo ciega, se llevó las manos a la cara y apareció Elena en su memoria -¿Qué debo hacer ahora? –se dijo Thiago esperando una respuesta de esa imagen, aunque fuera un leve movimiento de cabeza.

En la habitación abandonada, el ventanal se aparecía como un umbral hacia lo infinito. La soledad era inminente y la imaginación gobernaba sus sentidos. Esta vez la mirada estaba perdida en ese paisaje. Apagada y dura. Habrá sido la fijación de su mente la que de pronto hizo aparecer el reflejo de Elena, con su blancura, con su sonrisa y su frescura. No lo sabía. Pero ella extendió su mano por fuera del ventanal quedando a la altura del rostro de Thiago. Él, imitándola, también colocó su mano en la ventana y se quedó admirándola. Se veía hermosa con su cabello negro y largo cayéndole por los hombros, parecía angelical en medio de ese caos que crecía en su interior. –Te extraño- dijo ella en un eco; y lentamente su imagen se fue desvaneciendo. Thiago se sintió compungido y luego tuvo un arranque de cólera, de impotencia, de dolor fulminante. Abrió el ventanal y salió para descubrir que no había nadie ahí. Miró hacia abajo constatando la oscuridad que encubría las calles y volvió a perderse en lo indefinido del horizonte.

La soledad se hizo presente y una sensación de estar flotando en la nada lo mantuvo quieto durante largo tiempo. Pudo haber sido un instante, o quizá un año, pero sin saber a ciencia cierta cómo, volvió a ver a Elena, esta vez conversando con un hombre. Parecía contenta y más bella que nunca. Aunque su forma de mirar era extraña, como si se le hubiera quedado anclada en un recuerdo perdido.

Thiago consiguió acercarse con el sigilo de un gato hasta quedar a pocos metros de ella y su acompañante que la abrazaba encandilado. “¿Quién será este?” No lo había visto nunca o tal vez, no podía recordarlo. Se esclareció la garganta para decir algo y alarmado descubrió que no sentía el rasponcito en ese intento. Quiso salivar y tragar, pero fue inútil. Era como si tuviera anestesiado el cuello. Una corriente de energía le recorrió de pies a cabeza. Intentó hablar, más tampoco la voz le surgía, y apenas sabía si aquella pulsación que escuchaba provenía de su corazón. Miró rápidamente a Elena y se acercó más para tocarla. Logró sentir su perfume y hundió la nariz en su nuca. Elena no se movió ni un ápice. –Elena....- le susurró suave a sus espaldas. Sin embargo, ella no se daba vuelta a mirarlo. Ignoraba su presencia. Esto irritó a Thiago que en uno de sus arranques exclamó enérgico; -Elena!!-. Pero ella continuó sin responderle.

Se miró las manos y las notó decoloradas. Su piel no era como antes, se había tornado delgada y transparente como el tul. Nuevamente sintió una corriente cosquilleante pasearse por su cuerpo, que junto con el frío intenso de la noche le hizo entrar en un terror tan inexplicable como definitivo. Un grito en silencio fue expulsado vehemente de su boca provocando una ráfaga de viento que se cruzó por entremedio de aquel hombre y Elena. Thiago salió disparado como alma que lleva el diablo y el escenario volvió a desvanecerse ante sus ojos. –Esto es un sueño, regresaré a ese cuarto donde la dejé...y la despertaré. La haré volver- se dijo mientras veía que nuevamente corría a gran velocidad sobre las calles. Algo lo transportaba involuntariamente. La transpiración le escurría por todas partes convirtiéndolo en una masa acuosa que se iba transformando en un algo amorfo que no entendía. El horizonte seguía plano y profundamente oscuro. La desesperación lo golpeó repentinamente con una oleada gélida que lo dejó aquietado. Tuvo la sensación de estar volando, suspendido en ese paisaje incierto, pero no tenía claridad de lo que le sucedía y sólo atinaba a repetir su mantra: “Elena”. Una y otra vez.

De la desesperación surgió una agitación que le hizo parecer un macho cabrío; extenuado, convulsionado, agotado, pero poniendo resistencia a ello. No lograba hilar una sola idea o imagen, la locura parecía estar riéndose a manos llenas frente a él. “¿Habría caído en alguna trampa?” urgeteó en su mente, “o bebido alguna sustancia... ¿en qué lugar estaba?, ¿por qué no conseguía llegar hasta esa habitación en la que Elena dormía?, ¿por qué estaba exhausto?....qué sucede!!!-  chilló con una fuerza irreconocible y al punto cayó de golpe en medio de un cruce de vías donde un hombrecito con bastón le miró atento. Su mirada era penetrante y divisó un resplandor en ella, más no podía verle la cara. El hombre permanecía quieto ante él, esperando que su respiración volviera a la normalidad. El tiempo no transcurría, o a menos eso creía, y seguía insensible a su propio cuerpo, aunque reconocía “este soy yo...esta es una pesadilla”.

La agitación continuaba y el hombrecito con bastón aún seguía parado ahí, inmóvil, acechándolo desde esa oscuridad. Pero no podía decirle nada. No lograba emitir palabra alguna. Estaba asustado, aterrado y casi enfermizo, casi agonizando. De pronto, el hombrecito dio unos golpes con su bastón en el suelo y en un santiamén Thiago se vio en la habitación en que había dejado a Elena antes de partir. Ella seguía allí, acostada. Sumida en un sueño profundo. Thiago se sintió aliviado y quiso abrazarla para contarle por lo que había pasado. Quería que volviera a abrir sus ojos y lo mirara como usualmente lo hacía, con esa dulzura de sus ojos trigueños. Pero cuando estaba por hacerlo, el hombrecito volvió a golpear su bastón en el suelo y lo llevó de nuevo al cruce de vías donde se había encontrado. Thiago dio un salto, sorprendido de esa actuación y quedó petrificado nuevamente. El hombrecito le dijo entonces: -No podrás escaparte- Thiago reaccionó con más asombro aún. –Esto ya no te pertenece- volvió a hablar el hombrecito. –Debes aceptarlo de una vez o te quedarás en esta penumbra atrapado...y no es aconsejable. Debes trascender. Ya es el momento-. Thiago seguía sin poder descifrar el enigma. –Libérate!- le instó el hombrecito. -¿Dónde estoy?- logró pronunciar finalmente Thiago con un hilo de voz. El hombrecito lo miró y chasqueó los dedos indicándole un rayo de luz que apareció por una de las vías y enseguida le dijo: -estás atrapado en donde muchos se quedan cuando no quieren irse al otro lado. Todo lo que experimentas es parte del “no darte cuenta”. Aquí sólo está tu alma atrapada. Has de liberar tu memoria para alcanzar la claridad-.

-Pe..pero..- titubeó Thiago

-Sólo debes dejarte llevar. No puedes hacer nada-

-Pero Elena?...debo hablarle!-

-Elena sigue con su vida. Tú estás en otro plano...-

-¡¡!!...-

Thiago comenzó a entender. Aquella inmovilidad, el cansancio, su repentina mudez y la impotencia de que Elena no lo hubiera visto cuando él se acercó a oler su perfume...Tenía una sensación de pesadumbre, pero entendía perfectamente. Era él quien ya no vivía.

Comenzó a trasladarse hacia el rayo de luz y cuanto más se acercaba, mayor era su alivio. Un alivio que llegaba a calmar y resolver muchas cosas, aunque no lograba comprender con certeza, su subconsciente no lo traicionaba y seguía transportándose. Finalmente se dejó atrapar por el destello sin dejar huella seguido por el emisario que desapareció tras él.

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Cata
el 04/05/2010 a las 19:36

Es sin duda un buen ejercicio de psicomagia tu post. Me ha gustado mucho tal como lo desarrollaste. Saludos


Juan Pablo Castel
el 16/05/2010 a las 19:38

Tiene encanto por el onterés que despierta el tránsito por eñ túnel, tam comentado, de la muerte. Me agarró su realto. Un abrazo. Argivo-----------------

Argivo


Ana María
el 24/05/2010 a las 6:00

He estado siguiendo tus letras.

No puedo entrar en crítica literaria.

Prefiero apuntar al gusto.

Me ha gustado.

Un abrazo.


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