
(Herman, en plena actividad. Fotografía : Mimentza)
Si existe una profesión que respeto enormemente, esa es la de camarero. Quien me conoce a fondo sabe que me gusta alternar, tomar un buen vino y disfrutar del ambiente de los establecimientos tradicionales.
El Bar Fitero, enclavado en la típica calle de La Estafeta de Pamplona, es uno de ellos. Clásico entre los clásicos, Javi, su orgulloso propietario, sigue complaciendo al personal con los mejores pintxos de la hostelería navarra.
Podéis creerme. Visitar la vieja Iruña y no darse un capricho en el Fitero es como ir al cielo y no ver a Dios.
Por este inolvidable local han desfilado los camareros más solicitados de la ciudad. Entre ellos, Herman (que no Germán) probablemente el mejor profesional que he conocido nunca.
No tengo demasiados datos sobre él.
Apenas sé que llegó a España procedente de Colombia, dejando en su patria a su mujer y a sus hijos, supongo que con la esperanza de poder traérselos en cuanto surgiera la mínima oportunidad.
Para que os hagáis una idea de cómo era Herman os diré que tenía la rara habilidad de ser extremadamente cordial y ocurrente. Conocía de carrerilla los nombres de pila de toda la clientela, a la que siempre obsequiaba con el comentario justo y bienhumorado.
Del mismo modo que los grandes artistas, a pesar de su corta estatura y su frágil físico, Herman llenaba el escenario, en este caso el mostrador, sin apenas aparente esfuerzo. Tal era la personalidad arrolladora del barman perfecto.
Hombre culto y hábil conversador, pudo haberse convertido en comentarista radiofónico de postín en las retransmisiones futboleras de Chus Luengo, las más escuchadas del Viejo Reyno. Hubiera sido un auténtico bombazo, pero su natural modestia le llevó a rechazar el ofrecimiento.
Cuando me vi obligado a abandonar Pamplona por motivos laborales no imaginaba lo que vendría después. En una de mis esporádicas visitas alguien me dijo que Herman se encontraba de baja laboral. Al parecer, un cáncer criminal le estaba jugando una mala pasada.
Casi desahuciado, aún solía reaparecer de tarde en tarde por el Fitero, a saludar al personal. Sin embargo, yo no tuve la fortuna de coincidir con él, aunque sólo fuera por haberle dado un abrazo.
Herman murió irremediablemente. Justo en el momento en el que había decidido embarcar a su familia rumbo a España.
Hoy, aquellos que amamos la calle de La Estafeta, le lloramos en silencio y, sobre todo, le echamos de menos.
Porque sé que nadie volverá servirme un Martini del modo en que él lo hacía. Y porque siempre formará parte de los cinco maravillosos años que disfruté en aquella querida tierra que ya es la mía.
Estés donde estés, cuídate, Herman.
Las personas entrañables como tu amigo Herman nunca se olvidan, dejan un dulce recuerdo porque no cuesta nada quererles.
Bonito homenaje, Iñaki... me uno a tí... Cúidate Herman, allá donde estés.
Muxu