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ELI ROMERO SALAZAR

Mis preguntas a los intelectuales

Enviado por ELI ROMERO SALAZAR el 27/07/2010 a las 19:13

Siento que este mes ya se está muriendo, agoniza, desintegrándose en mi mirada; creo que alguien se ha ido robando, uno a uno, los días del calendario. Este es el momento propicio para escarbar deducciones lógicas de una realidad que no lo es… y la palabra —mi amor incondicional y secreto—, se me queda aprisionada en el alma, porque más allá de su espacio íntimo yo no existo.

Cansado estoy de escuchar planes bonitos de ideas malvadas en la boca de funcionarios que, como buenos mercenarios del milenio, sueñan con quedarse un rato más en la corte del rey; leo palabras muy elegantes y profundas, pero que no entiendo por qué hablan de paz, progreso, democracia, libertad y obras públicas, en medio de una fúnebre peste medieval que enriquece a las transnacionales (la gripe humana AH1N1); veo en la televisión las imágenes de un mundo maravilloso y azul que no conozco, que según dicen está aquí nomás, a la vuelta de la esquina.

Sin muchas ganas de escribir, viene a mi mente el tibio recuerdo de la primera novia de mirada que tuve, cuando niño… y, entonces, la comprensión exacta de la vida adulta se convierte en un enigma insobornable: ¿Quiénes se quedan con todo el dinero que se pierde en las crisis económicas? ¿Cómo no cansarse de navegar en un mar tan inhóspito en el que siempre seremos náufragos? ¿Cómo se puede construir una nación al margen de la ideología de los constructores?

Cada día robado al calendario es una sentencia invisible, una prueba acusatoria contra una realidad que privatiza la riqueza y globaliza las calamidades; que globaliza los santos y privatiza los milagros; que privatiza las vacunas y globaliza las pestes… y entonces me doy cuenta de que hay frío y soledad hasta en la música romántica que me hizo soñar y ponerme erizo de deseos, cuando adolescente, y que dejaba en blanco mi corazón por la huida de su sangre.

Mi eterna utopía de la justicia social, que nunca supo del cansancio ni de la negociación ruin; la fulminante y dura verdad que repetí desde las licencias literarias, que eran menos complejas que la realidad; la cara con una sola mejilla, que quise hacer unánime para que la esperanza se asilara en las piedras, tal vez nunca será realidad en este azotado país. A pesar del calor, hace frío de este lado del calendario.

Cuando me canse o por fin me muera, posiblemente decrete una huelga general de palabras caídas, entonces, cada uno de ustedes, desde su individualidad, deberán poner en el corazón de sus hijos, con mucho cuidado, —como quien acuesta a un recién nacido— sus sueños e ideas, sus esperanzas e ilusiones, para que ellos puedan hacerlas suyas y no tengan que decidir, mañana, a cuál de sus hijos alimentar primero; a cuál de sus hijos mandar a la escuela; a cuál de sus hijos curar primero de la gripe porcina y de la plusvalía canina.

A todos nuestros “intelectuales” podremos en estos momentos hacerles algunas preguntas de rigor. Lo importante sería: ¿Podrían ellos contestar esas preguntas? Las preguntas estribarían en muchos aspectos que nos atañen a todos como sociedad. ¿Existe mayor dolor humano que el no saber a cuál hijo darle una oportunidad de vida, en detrimento de los muchos otros?

Y tú, intelectual asexuado, si estuvieras en esa dura situación: ¿A cuál de tus hijos hubieses salvado desde tu escritorio de asalariado? Y tú, poetita de bar… ¿Tienes los brazos lo suficientemente fuertes como para cargar los escombros de tu casa, debido a las tormentas tropicales e hipotecas que ni siquiera saben tu apellido? ¿Tiene tu espíritu la fortaleza para cargar con los pedazos vivos de quienes amas?

¿Hubieses tenido la fuerza suficiente y necesaria para llevar hasta la mesa de tus hijos un plato de comida, por lo menos una vez al día? ¿Tendrías la espalda lo suficientemente ancha, e invulnerable, como para proteger a tus hijos de los zancudos y moscas, si fueses tú el que habitara a la orilla de un río sucio? ¿Tendrías tú, en tu corazón rentado, el calor necesario para corretear el frío de los pies de tus hijos, si fueses tú el que estuviera mirando, desde tu retórica plagiada, las tejas rotas y las cicatrices humeantes de las paredes de tu casa aniquilada?

¿Tendrías tú la magia suficiente como para iluminar las noches de tus hijos con el solo misterio de una luciérnaga, porque no tienes el dinero suficiente para pagar el recibo de la luz? ¿Tendrías el aplomo y talante suficiente como para que, estando en medio del hambre, tus hijos siguieran creyendo que la vida es bella y que existe un dios que los cuida y los ama?

Y tú, analista del alpiste: ¿Tienes en tu saliva la magia intacta como para curar las llagas de tus hijos si, pongamos por caso, fuese tú el que se quedara sin acceso a la salud? ¿Sabes cómo se usa el ungüento de altea para prevenir la anemia y las lombrices? ¿Tienes domada la fantasmagoría en tus ritos como para curarles el “mal de ojo” a tus hijos, si fueses tú el que no tuviera dinero para medicinas? ¿Sabes cómo aliviar los golpes que la vida les dará a tus hijos con el sólo conjuro de la miel y los lienzos tibios?

Ahora ya sé quien se ha estado robando los días de mi calendario. Hace frío de nuevo, a pesar del calor insoportable de un julio que tiene los días contados. Nunca ha estado tan fuerte el sol a las nueve de la noche en punto.

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